jueves, 31 de julio de 2008

Mi Aventura como Maestra

Mi aventura como maestra
Pensar y reflexionar acerca de mi trayectoria por la docencia me conmueve y emociona, pues a través de este camino recorrido en el que aparecen momentos oscuros y difíciles de crisis, hay también luces de victorias y satisfacciones que fortalecen mi convicción de estar en el camino correcto, y en que pretendo continuar mucho tiempo más.
Aunque administrativamente tengo una antigüedad de 23 años intentando ser maestra, no es que me quite los años, pero honestamente considero que mi aventura como maestra data desde hace 15 años aproximadamente, por las razones que les relataré en esta historia, y en la que aprecio un antes y un después con respecto a mi verdadera consciencia de ser maestra. Historia con la que probablemente algunos identifiquen aspectos propios en su propia historia

Mis inicios en los CETis y CBTis
Como la mayoría de los docentes que laboramos en el Nivel Medio Superior, en particular en los CETis y CBTis, fuí contratada, principalmente por el perfil profesional, y sin tener una formación o experiencia en la docencia previa. Egresé como Ingeniero Bioquímico del ITESM en mayo de 1984 con la visión de laborar en la industria alimenticia, aunque laboré unos seis meses en la Sría. de Pesca, después de varios meses de repartir curriculums y tener entrevistas sin resultado, decidí seguir el consejo de mi madre de buscar una oportunidad como profesora.
Fue así que decidí visitar al director de un CBTis que había sido mi profesor de Física cuando estudiaba el bachillerato. Le expuse mi situación, un tanto desesperada, de conseguir un empleo, por lo que él me recomendó para entrevistarme con el Director del CETis No.129 en San Fernando, Tams. en el cual requerían personal con mi perfil. Efectivamente así fue, al contratarme como profesora para la Especialidad de Técnico en Procesado de Alimentos en septiembre de 1985, inicié con un solo grupo que era la primera generación de esa especialidad, impartiendo cerca de cuatro asignaturas diferentes del área tecnológica con sus respectivos talleres.
Pueden darse la idea de lo complejo que resultó para mi esta primera experiencia en mi aventura como profesora, en la que intenté adaptar modelos de profesores a los que admiraba y traía al presente para salvar mi desempeño frente al grupo, intentar enseñar como a mí me enseñaron sin la más mínima idea de cómo debería “dar clases”.

¿Maestra yo?

Honestamente debo mencionar que el pensamiento que tuve en aquel entonces fue “por mientras encuentro algo mejor”, es decir, dar clases no estaba contemplado en mi proyecto profesional y estaría considerando seguir insistiendo trabajar en la iniciativa privada ejerciendo mi profesión. Este pensamiento me acompañó por cerca de siete años durante los cuales era evidente mi falta de conciencia acerca de la responsabilidad como profesora. Intenté hacer lo mejor posible para salir bien librada, pues reconozco también que menospreciaba mi tarea, justificaba mi desempeño cumpliendo oportunamente con los aspectos administrativos de la actividad docente, y me incomodaba el enfrentarme a los alumnos cada día.
Puedo recordar que me enfocaba al ¿cómo daba la clase? (lo cual siempre me dejaba insatisfecha) y no al confirmar si mis alumnos realmente aprendían, asumiendo que la responsabilidad de aprender era de ellos, y la mía de enseñar, como dos procesos separados. Fueron años difíciles en los que verdaderamente no le encontraba sentido a trabajo, confieso que había cierta dosis de frustración y desánimo la cual se reflejaba en actitudes negativas hacia los estudiantes y compañeros, y en un permanente sentimiento de insatisfacción.
Los cursos de capacitación y actualización que tomaba realmente tuvieron poco impacto en mi práctica, pues asistir a ellos solo representaba el compromiso institucional como docente, simulando ante mis compañeros un total dominio de mis quehaceres como profesora y pocas veces reconocía mis debilidades y errores.

¿Qué tuvo que pasar para que mi percepción de la docencia fuera transformada?
Comentaba al inicio de crisis, y victorias, y fue precisamente en una digamos “crisis existencial”, la que me llevó a solicitar una licencia por un año, pues se me dio la oportunidad para trabajar en mi área profesional. Corría entonces el año de 1993 durante el cual estuve radicando en la ciudad de Monterrey trabajando para una empresa de alimentos, posteriormente como gerente de un restaurant y finalmente como gerente de un club recreativo.
Estas experiencias me permitieron reconocer mis capacidades y habilidades para diseñar y dirigir procesos, pero sobre todo me hicieron valorar la bendición que significa la docencia, el factor humano que no había apreciado en esta bella tarea, además de las ventajas laborales que te permiten atender a la familia y desarrollarte personal y profesionalmente, fueron aspectos que me permitieron renovar mi labor en la escuela, reconocer a los estudiantes con un profundo respeto y mirar el trabajo docente con otro lente, fue entonces, como se dice coloquialmente que “me cayó el veinte”.

El reto de la enseñanza de la Física
Fue a partir de enero de 1994 cuando reanudé mis labores frente a grupo (impartiendo la materia de Física, con cinco grupos), que experimenté una continua satisfacción de lo que hacía diariamente, verdaderamente mi experiencia fuera de la escuela me marcó para ver la “docencia” de otra manera, y decidí conscientemente dedicarme a “ser maestra”; puedo recordar una frase que me dije a mi misma “si vas a ser maestra, vas hacerlo bien” con todo lo que ello implicaba en la Educación Media Superior Tecnológica.
Entonces me recuerdo que un buen día segura de haber impartido una cátedra magistral sobre el movimiento rectilíneo uniforme, para la cual creí haberme preparado suficientemente, un estudiante me lanza una pregunta planteándome una situación diferente a la que mostraba en el ejemplo que presenté. En esos momentos, lejos de evadir la duda, felicité al estudiante porque me demostró la atención a la clase, esto ocasionó que otros también preguntaran y fue entonces que se dio una maravillosa interacción, surgiendo más dudas tanto para ellos como para mí, entonces descubrí que estaba aprendiendo con ellos.
Benditos estudiantes, porque me permitieron reflexionar más allá de cómo estaba enseñando, y poner más atención a cómo ellos estaban aprendiendo; fue así que verdaderamente empecé a aprender al enseñar, reconociendo mis debilidades como profesora y la gran necesidad de apropiarme de medios y herramientas para asegurar que mis estudiantes aprendieran y disfrutaran la clase de Física.

El DHP en la enseñanza y la metacognición
La búsqueda y apropiación de conocimientos y herramientas para enseñar mejor la Física, me llevó a aprovechar mejor los cursos que ofrecía la escuela y tomar otros por mi cuenta. Uno de los que marcaron mi quehacer docente fue el diplomado de Desarrollo de Habilidades del Pensamiento con la Dra. Margarita A. Sánchez en el ITESM, experiencia que me ayudó a diseñar estrategias para promover el desarrollo del pensamiento en mis alumnos en el aprendizaje de la Física, además, a ser más sistemática en mis estrategias.
En este diplomado aprendí por primera vez el concepto de “metacognición”, con el que logré observarme desde afuera, atendiendo el proceso que se daba en el aula entre los estudiantes y yo, y entre ellos mismos, centrándome en el cómo ellos estaban aprendiendo y cómo podía orientarlos para potenciar y hacerlos conscientes de su aprendizaje. Fue entonces que entré en una espiral de capacitación y actualización permanente, asistí a Congresos en la Enseñanza de la Física, y concluí la Maestría en Enseñanza de las Ciencias, entre otras actividades.

Ser profesora y las satisfacciones cosechadas...
Me resulta difícil distinguir entre lo que pienso y siento acerca del “ser profesor”, porque mis sentimientos se entrelazan con los pensamientos, pero intentaré disociarlos. Pienso que ser profesor, es una tarea compleja, pero también fascinante que implica un reto y aprendizaje continuo, por todos los aspectos que intervienen en el proceso de enseñar y aprender. Me siento realmente privilegiada de poder contribuir a la formación de seres humanos y afortunada por las múltiples posibilidades que tengo para mi desarrollo personal e intelectual.
Ser profesora de un CETis o CBTis, representa un privilegio por la oportunidad de trascender como ser humano, y poder contribuir en la formación de jóvenes que están cercanos a la mayoría de edad; significa además un reto continuo, por las complejas condiciones que nuestra sociedad y la escuela están experimentando.
Debo destacar en esta historia, que en la búsqueda de mi propia identidad o estilo docente, he tenido la fortuna de conocer y aprender de colegas y amigos profesores comprometidos y apasionados; además esta nueva forma de ver la docencia, con cierto romanticismo, me permitió verdaderamente apreciar y potenciar el encuentro con los estudiantes en el aula.
Reconocer los motivos de satisfacción que me ha dado esta labor son muchos, y me llevaría un buen número de páginas, pero uno de los que recientemente viví fue el mensaje de un ex alumno, con quien mantengo contacto, y quien inició su maestría en Microbiología de alimentos en la UNAM; él me confesó que eligió esta área, en parte porque le gustó como daba las clases, cuando fui su profesora de microbiología.
Recuerdo también con emoción cuando uno mis alumnos logró un primer lugar estatal en un concurso académico, sentir con él la victoria fue increíble. Esto me hace recapacitar acerca de la gran responsabilidad y oportunidad que tenemos los profesores al poder, en cierta momento, marcar positivamente la vida de nuestros estudiantes. He aprendido que cuando se descubre el placer de servir a otros, ya sea como profesora, como instructora de cursos o como gestor en un cargo administrativo, diariamente se cosechan satisfacciones.

Mis insatisfacciones en la docencia

Respecto a las insatisfacciones, quizá puedo concretarlas que éstas están en función de las malas experiencias que he tenido por pertenecer a un sistema burocratizado, en el que se ha privilegiado el aspecto político y el servilismo en nuestras instituciones, y en las que la mística y los valores educativos han sido socavados por el materialismo y el poder.
Finalmente retomo el hecho de que en esta aventura de ser docente he reconocido el privilegio de esta tarea, que desde una visión mística, representa una verdadera misión. Concluyo con una frase que recuerdo haber leído en un fragmento de un texto de Edgar Morín, y que me permito compartirles:

“El saber no nos hace mejores ni más felices. Pero la educación puede ayudar a ser mejor y, si no feliz, enseñarnos a asumir la parte prosaica y a vivir la parte poética de nuestras vidas”.

Seguimos aprendiendo...